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viernes, 22 de enero de 2016

#UnDíaComoHoy 22 de enero de 1891 nace Antonio Gramsci [Intelectual y activista político italiano, fundador del Partido Comunista]

Intelectual y activista político italiano, fundador del Partido Comunista (Ales, Cerdeña, 1891 - Roma, 1937). Gracias al apoyo de su hermano y a su capacidad intelectual superó las dificultades producidas por su deformidad física (era jorobado) y por la pobreza de su familia (desde que su padre fuera encarcelado, acusado de malversación de fondos). Estudió en la Universidad de Turín, donde recibió la influencia intelectual de Croce y de los socialistas.
En 1913 se afilió al Partido Socialista Italiano, convirtiéndose enseguida en dirigente de su ala izquierda: tras haber trabajado en varias publicaciones periódicas del partido, fundó, junto con Togliatti y Terracini, la revista Ordine nuovo (1919).
Ante la disyuntiva planteada a los socialistas de todo el mundo por el curso que tomaba la Revolución rusa, Gramsci optó por adherirse a la línea comunista y, en el Congreso de Livorno (1921), se escindió con el grupo que fundó el Partido Comunista Italiano. Perteneció desde el principio al Comité Central del nuevo partido, al que también representó en Moscú en el seno de la Tercera Internacional (1922), dotó de un órgano de prensa oficial (L'Unità, 1924) y representó como diputado (1924). Fue miembro de la Ejecutiva de la Internacional Comunista, cuya ortodoxia bolchevique defendió en Italia al expulsar del partido al grupo ultraizquierdista de Bordiga, acusándole de «trotskismo» (1926).
Enseguida hubo de pasar a la clandestinidad, dado que desde 1922 Italia estaba bajo el poder de Mussolini, que ejercería a partir de 1925 una férrea dictadura fascista. Gramsci fue detenido en 1926 y pasó el resto de su vida en prisión, sometido a vejaciones y malos tratos, que vinieron a añadirse a su tuberculosis para hacerle la vida en la cárcel extremadamente difícil, hasta que murió de una congestión cerebral.

En estas condiciones, sin embargo, Gramsci fue capaz de producir una gran obra escrita (los voluminosos Cuadernos de la cárcel), que contiene una revisión original del pensamiento de Marx, en un sentido historicista y tendente a modernizar el legado comunista para adaptarlo a las condiciones de Italia y de la Europa del siglo XX. Ya en el Congreso de Lyon (1926) había defendido la ampliación de las bases sociales del comunismo abriéndolo a toda clase de trabajadores, incluidos los intelectuales. Sus aportaciones teóricas influirían poderosamente en la adaptación democrática del comunismo occidental que se produjo en los años sesenta y setenta, el llamado eurocomunismo.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Odio a los indiferentes - Antonio Gramsci [ePub Descargable]


Para conmemorar su muerte —dada a conocer al mundo por las emisoras de radio de la Barcelona revolucionaria (1936-1939)— se eligió un característico texto suyo de juventud (publicado por vez primera el 11 de febrero de 1917 e inédito en castellano) que, entre varias otras, tiene la virtud de no ser fácilmente pasible de manoseo pseudo-académico. Y es el siguiente: «Odio a los indiferentes». Vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son bellaquería, no vida. Por eso odio a los indiferentes. «La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera».

Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado? «Odio a los indiferentes» también por esto: porque fastidia su lloriqueo de eternos inocentes.

Pedir cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Existe el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar piedad, de no compartir con ellos lágrimas. «Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la consciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes».

«Odio a los indiferentes» es un texto de juventud de Gramsci que cobra hoy más sentido que nunca. Éste abre una recopilación de artículos y discursos de Gramsci que devienen testimonio perdurable e inspirador de la lucha contra fenómenos como la apatía o la sumisión a poderes establecidos que coartan la libertad del ciudadano. En esta antología hay críticas a la intolerancia y al arte del fingimiento en la política, respuestas en contra de algunos prejuicios atribuidos a la izquierda como su aversión a la institución familiar, proclamas a favor de la independencia judicial y quejas contra la inacción de los gobernantes. Textos brillantes e imperecederos que ponen de manifiesto la altura intelectual del que fue uno de los más originales y brillantes pensadores del siglo XX.

Descargar: Odio a los indiferentes - Antonio Gramsci

viernes, 31 de julio de 2015

Crisis orgánica y hegemonía neoliberal

► Las crisis orgánicas son acontecimientos que nos permiten profundizar en las relaciones entre la esfera política y la económica


José Luis Villacañas   |   La categoría de “crisis orgánica” es el núcleo de la filosofía, de la praxis y de la historia de Antonio Gramsci. Para explicarla, necesitamos algunos otros conceptos que constituyen la geografía teórica del pensador italiano. Ante todo, son relevantes los conceptos de revolución activa y nación política, básicos para entender la hegemonía y las ilusiones burguesas. La Revolución francesa, como revolución nacional típica, aunque se enfrentaba a una crisis política de largas raíces, se produjo en convergencia con una crisis económica y fiscal inaplazable. El colapso verdadero concernía a la imposibilidad de desplegar la forma capitalista bajo un régimen de omnipotencia absolutista que obedecía a otros tiempos históricos y que disponía de una capacidad fiscal extractiva obstaculizadora. Ajustando el tiempo histórico del Estado y del capitalismo, la Revolución hizo que durante una época, se pensase que la forma política nacional era la adecuada a la economía nacional burguesa. Sin duda, la miopía de la época respecto de sí misma consistió en considerar a la clase burguesa –el Tercer Estado, que diría Sieyès– como la clase nacional total, frente a la que no habría alteridad. Los intereses políticos y económicos de esa clase fueron durante un tiempo los de la nación entera. Sectores campesinos y artesanales se integraron como elementos subalternos de su hegemonía. La dominación burguesa fue legítima por un tiempo porque ayudó a realizar los intereses históricos de los sectores populares.

Esta es la versión típica de Gramsci, que es la de Marx. La crisis orgánica de 1848 permitió comprender que la clase burguesa no era la clase total, ni nacional. Por el contrario, al desplegarse con la suficiente libertad, producía en su seno su propia alteridad, la clase de los proletarios. Con ello se hundieron las ilusiones burguesas de organizar una racionalidad política orgánica sobre el capitalismo como forma económica. Allí quebró la primera figuración hegemónica de la burguesía, que pasó a entenderse sólo como una formación ideológica. La cooperación con los elementos populares, campesinos, artesanos, intelectuales, que había sido eficaz en 1789, se disolvió al verse estos últimos no como elementos subalternos cooperadores, sino como elementos oprimidos y hostiles. Con la idea de crisis orgánica se comprendió la contradicción interna del capitalismo, así como su imposibilidad a la hora de asentar sobre sus meras bases económicas una racionalidad política. Por eso se trató de una crisis orgánica: lo que parecía un organismo se reveló como un dispositivo explosivo.

Desde entonces, podemos llamar crisis orgánica a los acontecimientos históricos que desvelan la verdad socio-política del capitalismo, su incapacidad para generar por sí mismo racionalidad política, su necesidad de aparatos ideológicos potentes para ocultar esa incapacidad. Como tales, las crisis orgánicas ponen en cuestión la estructura hegemónica que resulta necesaria para ofrecer la expectativa de que bajo el capitalismo se atiende a la razón política general. Las crisis orgánicas suponen una oportunidad para evidenciar que el capitalismo no es soberano ni puede serlo, y que necesita instrumentos para impedir que el Estado despliegue su razón autónoma capaz de interferir en sus procesos de acumulación. Sin embargo, las crisis orgánicas en el pensamiento clásico muestran mucho más. Como es natural, para superarlas es necesario conformar visiones ideológicas que encubran esas tensiones. Pero en el momento de la desnudez ideológica, de la pura dominación, muestran los fortines de defensa de las estructuras económicas instaladas en los aparejos de la sociedad civil y el Estado. Transparentan así las funciones de los partidos políticos otrora hegemónicos y de aquellas instituciones que son decisivas para la traducción ideológica de lo privado en lo público, para la presentación de un régimen de beneficiarios limitados como un régimen de interés general. En las crisis se hacen evidentes sus debilidades en tanto que obligan a estas agencias a operar en condiciones que ya no son hegemónicas, cuando los viejos elementos auxiliares y subalternos han dejado de creer que sus intereses son compatibles y atendidos por la dirección política vigente. Se produce, entonces, una dominación sin hegemonía, esto es, una dominación sin legitimidad, que somete a las instituciones a estrategias defensivas brutales que violan las propias bases normativas en las que pretenden instalarse, y las expone a la tentación permanente de una desnuda función represiva.

Sin embargo, las crisis orgánicas muestran algo más profundo, que no procede del análisis marxista, y que Gramsci tampoco vio. Las crisis orgánicas son acontecimientos que nos permiten profundizar en las relaciones entre la esfera política y la económica. Y es que la mayor premisa ideológica es la que considera que la esfera real de la economía se parece a la esfera teórica de la economía. Ni siquiera Foucault supo exponer con claridad que, a pesar de que nunca antes ambas esferas estuvieron más cercanas que en la época neoliberal –que impone que la gente rija su vida interiorizando las categorías de la economía–, su unificación es imposible. La esfera real de la economía jamás coincidirá con la esfera teórica. Esta confusión ideológica es tan antigua como el liberalismo –lo que le obligó a dotarse de bases normativas muy fuertes– y ha llegado a su cima en el neoliberalismo.
Como tal, esta ideología asume que el capitalismo puede desplegarse al margen de las instituciones políticas y de forma independiente de ellas porque, de hecho, solamente atiende necesidades y demandas individuales que se expresan en el mercado. Este enunciado, que evita toda consideración política del mercado, no goza de evidencia histórica. Nunca jamás en la historia se dio un mercado sin definición política. El capitalismo ha atendido de forma continua demandas sociales organizadas bajo formas políticas. No puede vivir al margen de ellas puesto que para producir ya las necesita. De ahí que las crisis orgánicas muestran sobre todo las formas de recomponer la hegemonía, propias de las elites y estratos sociales que no pueden desplegar el capitalismo sin la integración en los aparatos del Estado y, por tanto, sin la cooperación de elementos subalternos a fin de proponer sus intereses como generales. A diferencia de la revolución activa inaugural, estas nuevas formas de recomponer la hegemonía no necesitan darse mediante revolución activa. Pueden darse mediante revoluciones pasivas.

Lo peculiar de nuestra crisis orgánica es que no deriva de la inicial separación de los subalternos de sus funciones y pactos en el seno de la hegemonía vigente. Los sectores subalternos siguen fieles al imaginario del Estado de bienestar. La crisis se deriva de la ruptura de los pactos fundadores de dicho Estado social realizada por la posición dominante, la que se instala en los cuarteles directivos del capitalismo, ahora bajo la forma de capital financiero. Aunque se trata de un proceso muy complejo, la clave de la crisis fue la incorporación del capital financiero al Estado de bienestar, destruyendo su sentido, función y estructura. De ahí la necesidad de que ese capital financiero, alojado en una crisis orgánica, necesite dotarse de ideologías capaces de ofrecer una nueva estructura hegemónica. Esa es la formación que hasta ahora se ha llamado neoliberalismo. Lo que necesita el capitalismo actual no es sólo afirmar el principio de que el Estado no debe determinar la economía. Este es un elemento necesario, pero no suficiente. En realidad, el capitalismo no puede vivir sin Estado: él define, regula y perfila las necesidades colectivas que constituyen la trama más nutrida de las demandas económicas. Este capitalismo, como cualquier otro, necesita mantener en pie esa estructura estatal. Y además, necesita mantener sus bases democráticas, sin las cuales el hecho mismo del mercado no tiene verosimilitud. Mas para desactivar estas posibilidades democráticas, se precisa de un elemento que reconfigure la función del Estado, que haga olvidar su inexcusable dimensión económica, y que presente la tarea del mantenimiento de la seguridad como única y esencial. Con ello se pasa por alto la decisión que en todo caso debe tomar a favor de ordenar lo común o privatizarlo.

Para que esta brutal construcción ideológica se convierta en hegemónica se necesita una despolitización generalizada, favorecida por las masas de emigración, con su desarraigo casi inevitable, pero sobre todo un embrutecimiento educativo y cultural que evidencie en cada caso el imaginario preferido de un individuo dejado a su suerte en un mundo selvático. Esta será la ley de la hegemonía capitalista que viene: una elaboración teórica mínima, basada en pulsiones descarnadas de seguridad y libertad de consumo, que bien puede llamarse hegemonía en grado cero, puramente reactiva, que le basta anular cualquier visión alternativa. Pero incluso en este grado cero, la posibilidad de cierre orgánico es limitada y el futuro de crisis orgánica abierto. Pues no hay manera de reconciliar una libertad de consumo que amenaza con la pobreza y la vida precaria y una seguridad que amenaza con asfixiar toda libertad y toda demanda de inteligencia de las cosas.

Lo que está en juego en estos momentos en Europa y en el mundo es la aceptación pasiva de esos planes de despolitización general de la ciudadanía. Lo único que puede detenerlos es la configuración de ciudadanías políticamente activas, capaces de fundar pactos diferentes entre sectores productivos y demandas sociales y generar un escenario de futuro que abandone el llamado Estado de bienestar, una fórmula que encerraba en su seno todas las contradicciones que han acabado con él. Ese escenario de futuro pasa por el reconocimiento de los límites de lo que puede ser atendido por soluciones capitalistas de mercado, un abandono del crecimiento como obsesión, una elaboración de lo singular en otras claves y la emergencia de un deseo de lo público como actividad productiva, gozosa y afectiva. En suma, sólo una ofensiva que, desde fuera, impida que la crisis orgánica en la que estamos cristalice en esa hegemonía cero, limitada y estrecha, del neoliberalismo autoritario en ciernes.

miércoles, 29 de julio de 2015

Hegemonía y Bloque Histórico: Antonio Gramsci


► El aspecto esencial de la hegemonía de la clase dirigente reside en su monopolio intelectual ► Para Gramsci, el terreno esencial de la lucha contra la clase dirigente se sitúa en la sociedad civil


Ernesto Ortiz Diego   |   El análisis del bloque histórico como relación entre dos movimientos dicotómicos (estructura-superestructura y sociedad civil-sociedad política) muestra la importancia de la sociedad civil en el seno del bloque histórico. Esta importancia la volvemos a encontrar en la traducción política de esta noción: la hegemonía.  Antes de los Cuadernos la noción de hegemonía apenas si aparece en la literatura marxista. No obstante, el mismo Gramsci rechaza la paternidad de este concepto a la vez que subraya su importancia. Gramsci reconoce como deudor a Lenin quien comenzó a teorizar sobre gegemoniya (hegemonía). De ahí que sea conveniente examinar el origen de esta noción de hegemonía antes de analizar los desarrollos esenciales que Gramsci le consagra en los Cuadernos.

El concepto de hegemonía: de Lenin a los 'Cuadernos'

En varias oportunidades ve el origen de esta noción en la obra y en la acción política de Lenin. En los Cuadernosafirma que “el principio teórico-práctico de la hegemonía” es “el aporte teórico máximo de Ilich (Lenin) a la filosofía de la praxis. Se trataría incluso del desarrollo más importante del marxismo contemporáneo ya que “el momento de la hegemonía o de la dirección cultural es sistemáticamente revalorizado en oposición a las concepciones mecánico fatalistas del economicismo.

Así, fue posible afirmar que el rasgo esenciales de la más moderna filosofía de la praxis consiste precisamente en el concepto histórico-político de hegemonía”. Para Antonio Olivé el primero en teorizar sobre gegemoniya fue Plejanov desde finales de 1908 hasta 1917. Le siguió Axelrod en 1898. La lectura de Alcuni temi della questione meridionale muestra, sin embargo, que Gramsci distingue hegemonía y dictadura del proletariado; esta última es “dirección” a la vez que “dominación” de la sociedad, vale decir control de la sociedad civil y de la sociedad política. Este resultado sólo puede ser obtenido si la clase obrera ensancha la “base social” de su dirección, gracias a este caso el campesinado, del que habrá obtenido el “consentimiento”. Este análisis contiene ya toda la riqueza de losCuadernos, y permite apreciar la continuidad leninista y el aporte gramsciano respectivamente. 

En sus escritos sobre gegemoniya Lenin insiste sobre el aspecto puramente político de la hegemonía; en ellos, el problema esencial es el desplazamiento, por la violencia, del aparato de Estado: la sociedad política es el objetivo y, para alcanzarlo, es necesaria una hegemonía política previa. Hegemonía política, puesto que la sociedad política tiene prioridad sobre la sociedad civil en sus preocupaciones estratégicas, y sólo tiene de éstas, por lo tanto, el aspecto político, tanto más porque, la sociedad civil era muy débil en Italia. 

Para Gramsci en cambio, el terreno esencial de la lucha contra la clase dirigente se sitúa en la sociedad civil: el grupo que controla la sociedad civil es el grupo hegemónico y la conquista de la sociedad política remata esta hegemonía extendiéndola al conjunto del Estado (sociedad civil + sociedad política). La hegemonía gramsciana es primacía de la sociedad civil sobre la sociedad política; en el análisis leninista, la relación es exactamente la inversa. 

Hegemonía y Bloque Histórico

El aspecto esencial de la hegemonía de la clase dirigente reside en su monopolio intelectual, es decir, en la atracción que sus propios representantes suscitan entre las otras capas de intelectuales: “los intelectuales de la clase históricamente (y desde un punto de vista realista) progresiva, en las condiciones dadas, ejerce una tal atracción que acaban por someter, en último análisis, como subordinados, a los intelectuales de los demás grupos sociales y, por tanto, llegan a crear un sistema de solidaridad entre todos los intelectuales, con vínculos de orden psicológico (vanidad, etc.) y a menudo de esta (técnico-jurídicos, corporativos, etc.). Esta atracción termina por crear “un bloque ideológico” –o bloque intelectual- que liga las capas intelectuales y a los representantes de la clase dirigente. 

Hegemonía y dictadura 

Gramsci utiliza el término dictadura o dominación para definir la situación de un grupo social no hegemónico que domina la sociedad por la sola coerción, gracias a que detenta el aparato de Estado. Este grupo no tiene –o ha dejado de tener– la dirección ideológica; encontramos una situación así en dos casos, que son casos de crisis del bloque histórico:

– una clase que detentaba la hegemonía en el seno del bloque histórico la pierde en provecho de un nuevo sistema hegemónico, y logra mantenerse sólo por la fuerza: es el fenómeno fascista. 

– una clase que aspira a la hegemonía se apodera del aparato de Estado; es el caso de la Revolución rusa de 1917. 

Aunque la hegemonía y la dictadura puedan estar combinadas, su carácter permanece sin embargo bien delimitado: frente a la hegemonía, donde domina la sociedad civil, la dictadura representa la utilización de la sociedad política. 

Hegemonía y transformismo

La distinción hegemonía-dictadura no es siempre esquemática. Si bien uno de los aspectos esenciales de un sistema hegemónico coherente consiste en la construcción de un poderoso “bloque ideológico”, este bloque puede igualmente ser utilizado por la clase fundamental, de tal forma que su función no sea dirigente sino dominante. Una situación así se produce en el caso del “transformismo”, es decir, cuando la clase dominante integra a los intelectuales de otros grupos sociales decapitando así su dirección política e ideológica. 

Esta política de decapitación intelectual de las clases subalternas se extiende entonces a todas las capas intelectuales; el transformismo en su aspecto parlamentario y “oficial”. 

Al término de este análisis del transformismo, podemos considerar que históricamente son posibles dos situaciones duraderas: 

– la hegemonía, donde la sociedad civil tiene superioridad sobre la sociedad política y la clase fundamental, más dirigente que dominante, utiliza el bloque ideológico de los intelectuales para controlar los grupos auxiliares, sin tener en cuenta los intereses propios de estos grupos;

– la dominación, donde la sociedad política se adelanta a la sociedad civil y utiliza el bloque ideológico para neutralizar al resto de las clases, absteniéndose de todo compromiso con ellas. En este caso, la dominación de la clase fundamental es más difícil, puesto que no se apoya sobre una base social extensa sino sobre una coerción “inteligente”, exponiéndose así a la formación de una eventual coalición hostil. 

A estos dos casos, Gramsci contrapone las situaciones transitorias de hegemonía o dictadura pura y simple: hegemonía antes de la toma del poder, cuando la clase dominante opta por una política de alianzas, y dictadura, cuando esta clase pierde el control de la sociedad civil. 

Hegemonía y bloque histórico

El análisis del papel del Piamonte en la formación de la unidad italiana, tal como surge de las notas de los Cuadernos consagradas al Risorgimento, tiene esencial importancia para comprender la naturaleza real de la hegemonía y sus relaciones con el bloque histórico. 

Este análisis de Gramsci no se limita, por otra parte, solamente a la burguesía, sino que es válido para toda clase social fundamental. Es así que, tanto en sus artículos de L'Ordine Nuovo como en los Cuadernos, encontramos la misma afirmación, esta vez a propósito de Rusia: la toma del poder por la nueva clase fundamental –el proletariado- constituye el modelo para la conquista del Estado que la clase obrera italiana debe imitar. La identificación que Gramsci señalaba entre Francia y la Revolución de 1789, la reencontramos en la que establece entre Rusia y la Revolución de 1917: esta continuidad explica en gran parte de las numerosas comparaciones entre los jacobinos y los bolcheviques, entre la hegemonía de la burguesía francesa y la del proletariado ruso, entre los principios estratégicos. 

Pero el análisis puede igualmente limitarse al nivel local: es así que, al examinar el rol de los jacobinos durante la Revolución francesa, Gramsci muestra cómo la burguesía logró asentar sólidamente su hegemonía en París sobre otros grupos urbanos, formando allí un “bloque urbano” es decir, un bloque histórico local por medio del cual ejerció su hegemonía sobre el resto del país y formó un bloque histórico nacional. 

Algunos exégetas de Gramsci, cometiendo un grave error de interpretación utilizan el término “bloque histórico dominante”. Según esta perspectiva, “bloque histórico dominante” califica al sistema hegemónico de la clase dirigente, es decir, su dirección sobre los grupos auxiliares, al que se opone el futuro “nuevo bloque histórico”, es decir, el sistema hegemónico que reagrupará a las clases subalternas. Una deformación así muestra la incomprensión de la noción de bloque histórico, ya que éste agrupa al conjunto de la estructura y de la superestructura y, por lo tanto, a las clases subalternas y al sistema hegemónico en conjunto.

El único caso de bloque histórico “dominante” es aquel que consideramos precedentemente, es decir, un bloque histórico local que permite realizar la hegemonía a nivel nacional. 

Como lo muestra el análisis de la clase social de la hegemonía, este error de interpretación no ha sido sin embargo la única deformación que ha sufrido la concepción gramsciana de la hegemonía.

Hegemonía y alianza de clases

Es verdad que en Alcuni temi della questione meridionale Gramsci propone, a propósito de las clases subalternas (clase obrera, campesinado), una alianza de clases: “el proletariado puede devenir en clase dirigente y dominante en la medida en que logre crear un sistema de alianza de clases (…) lo que significa, en las relaciones de clase reales existentes en Italia, en la medida en que logre obtener el consentimiento de las masas campesinas”. Este texto, anterior a los Cuadernos, es uno de aquellos en los que Gramsci utiliza el término de alianza de clases. ¿Significa esto que Gramsci asimila hegemonía y alianza? En realidad, no hay nada de eso. 

Al subrayar la importancia de las relaciones de clase reales existentes en Italia, Gramsci muestra que frente al poder de la burguesía, la clase obrera debe proponer un compromiso amplio y conforme a los intereses de las otras capas subalternas, fundamentalmente campesinado. Esta alianza igualitaria no debe ocultar, son embargo, el carácter profundamente hegemónico de la dirección del proletariado: la insistencia de Gramsci en recordar el rol hegemónico del partico comunista y su carácter obrero, el carácter de clase fundamental a nivel económico de la clase obrera, muestra que está hablado de hegemonía aunque ésta tenga en cuenta ampliamente los intereses de las clases aliadas. 

Cualquiera sea la naturaleza del compromiso precedente entre la clase dirigente y los grupos aliados, éste tiene por objeto ampliar la base social de la hegemonía ejercida por la clase fundamental en el nivel de la estructura económica. 

Sistema hegemónico y clases subalternas

El análisis gramsciano de la hegemonía lleva a distinguir tres tipos de grupos sociales en el interior del bloque histórico: por una parte, la clase fundamental que dirige el sistema hegemónico; por otra, los grupos auxiliares que sirven como base social de la hegemonía y de semillero para su personal; por último, excluidas del sistema hegemónico, las clases subalternas. 

El régimen normal en las relaciones entre las clases dirigentes –incluido su sistema hegemónico en general- y las clases subalternas, en el de dominación, es decir, la utilización predominante o exclusiva de la sociedad política. Esta solución se explica por el hecho de que, la clase fundamental tiene como principales enemigos a los grupos que estiman que el nuevo bloque histórico ha sido ya superado.

El aspecto coercitivo de las relaciones entre la clase dirigente y las clases subalternas aparece bajo tres aspectos: 

– el primer caso es aquel en el cual las clases subalternas juega un rol decisivo para la victoria de la clase fundamental, hegemónica sobre estos grupos sociales. Dada esta situación, puede suceder que los grupos subalternos obliguen a la clase dirigente a sobrepasar sus objetivos e incluso sus posibilidades reales; así, durante la Revolución francesa, los jacobinos, bajo el empuje popular, rebasaron los objetivos de la burguesía ampliando considerablemente la base social de su hegemonía, lo que explica la vuelta hacia atrás que opera la burguesía: los jacobinos condujeron a la burguesía francesa a posiciones mucho más avanzadas que “las que podían consentir las premisas históricas, y de ahí su retroceso y la función de Napoleón I, quien “representó, en última instancia, el triunfo de las fuerzas burguesas orgánicas contra las fuerzas pequeñoburguesas jacobinas”. Esto no significa que la burguesía haya renunciado a ejercer una función hegemónica, sino que la dirección que ejerce se limita a ciertos grupos auxiliares y en un sentido más favorable a la burguesía. En cuanto a los grupos subalternos, en especial los urbanos, se vuelcan a la oposición y su control se efectúa por la pura coerción, es decir, por intermedio de la sociedad política; 

– la segunda hipótesis es la del transformismo, es decir, la preeminencia de la sociedad política sobre la sociedad civil: la clase dominante se contenta con mantener su dominación sobre los grupos subalternos manteniéndolos en la pasividad política: para ello los separa pacíficamente de sus élites subordinándolas en su clase política. 

– el tercer caso que Gramsci considera es el de la dictadura pura y simple, es decir, el uso exclusivo de la sociedad política para dominar a las clases subalternas. Una situación así es peligrosa para la clase dominante, en tanto implica su falta de control sobre la sociedad civil: el bloque histórico está en crisis y la etapa no puede ser sino transitoria. 

La consecuencia de la ausencia total de hegemonía –siempre que no sea momentánea- de la clase dirigente sobre las clases subalternas es la falta de unidad y de homogeneidad de estas clases: “Las clases subalternas, por definición, no se han unificado y no pueden unificarse mientras no puedan convertirse en “Estado”: su historia, por tanto, está entrelazada con la de la sociedad civil, es una función “disgregada” y discontinua de la historia de la sociedad civil y, a través de ella, de la historia de los estados o grupos de estados”. 

Pertenencia discontinua a la sociedad civil, porque la historia de las clases subalternas no es sino la de una tentativa siempre renovada por unificarse y formar un nuevo sistema hegemónico y, por lo tanto, una sociedad civil. Pero la clase dirigente responde a estas tentativas con la decapitación ideológica y física, con el uso de la coerción. 

El ejemplo de las clases subalternas señala que el problema de las relaciones hegemonía-dictadura aparece, en último análisis, en la estructura, y el rol del bloque ideológico en la naturaleza del vínculo que lo une a las distintas clases sociales, es decir, en la posición de los intelectuales en el seno del bloque histórico.

sábado, 25 de julio de 2015

“Odio a los indiferentes”: Antonio Gramsci



Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano y partisano. La indiferencia y la abulia son parasitismo, son cobardía, no vida. Por eso odio a los indiferentes.
La indiferencia es el peso muerto de la historia. La indiferencia opera potentemente en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad; aquello con que no se puede contar. Tuerce programas, y arruina los planes mejor concebidos. Es la materia bruta desbaratadora de la inteligencia. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, acontece porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, permite la promulgación de leyes, que sólo la revuelta podrá derogar; consiente el acceso al poder de hombres, que sólo un amotinamiento conseguirá luego derrocar. La masa ignora por despreocupación; y entonces parece cosa de la fatalidad que todo y a todos atropella: al que consiente, lo mismo que al que disiente, al que sabía, lo mismo que al que no sabía, al activo, lo mismo que al indiferente. Algunos lloriquean piadosamente, otros blasfeman obscenamente, pero nadie o muy pocos se preguntan: ¿si hubiera tratado de hacer valer mi voluntad, habría pasado lo que ha pasado?
Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos: cómo han acometido la tarea que la vida les ha puesto y les pone diariamente, qué han hecho, y especialmente, qué no han hecho. Y me siento en el derecho de ser inexorable y en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas.
Soy partidista, estoy vivo, siento ya en la conciencia de los de mi parte el pulso de la actividad de la ciudad futura que los de mi parte están construyendo. Y en ella, la cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Nadie en ella está mirando desde la ventana el sacrificio y la sangría de los pocos. Vivo, soy partidista. Por eso odio a quien no toma partido, odio a los indiferentes.
11 de febrero de 1917