Publicidad
Mostrando las entradas con la etiqueta Democracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Democracia. Mostrar todas las entradas
viernes, 22 de enero de 2016
Democracia y desigualdad: del 1%, por el 1%, para el 1% - Joseph Stiglitz
La creciente desigualdad económica se traduce en una menor igualdad de oportunidades para los ciudadanos. Distribuir mal la riqueza socava la eficiencia de la economía y deslegitima la democracia.
Es inútil fingir que lo que ocurre en realidad no ocurre. Actualmente, el uno por cien más rico de los ciudadanos estadounidenses se lleva casi un cuarto de los ingresos del país, cada año. El uno por cien de los más ricos controla el 40 por cien de la riqueza del país. Su destino es mucho más halagüeño que en el pasado. Hace 25 años, el 12 por cien de los más ricos controlaba el 33 por cien de la riqueza. Habrá quien celebre el ingenio que ha llevado la buena fortuna a esas personas y habrá quien argumente que la marea alta hace subir a todas las barcas. Se trataría no obstante de posturas llamadas a engaño.
Mientras que ese uno por cien más rico ha visto sus ingresos incrementarse en un 18 por cien durante la última década, quienes ocupan la mitad inferior de la tabla han visto los suyos caer. Además, los ingresos de los hombres con solo estudios secundarios han sufrido un descalabro, menguando un 12 por cien en el último cuarto de siglo. Solo se han beneficiado del crecimiento de las últimas décadas –y más allá– los más ricos. En términos de igualdad de ingresos, Estados Unidos se sitúa por detrás de todos los países de esa Europa “fosilizada” que el presidente George W. Bush solía ridiculizar. Entre nuestros pares se encuentran Rusia, con sus oligarcas, e Irán. Mientras que muchos de los antiguos epicentros de desigualdad de América Latina, como Brasil, se han esforzado en los últimos años –con bastante éxito– por aliviar las dificultades de los más desfavorecidos y reducir la brecha entre los ingresos, EE UU ha permitido que la desigualdad crezca.
Los economistas intentaron ya hace tiempo justificar las vastas desigualdades que tan perturbadoras parecían a mediados del siglo XIX, desigualdades que apenas son una pálida sombra de lo que vemos hoy en EE UU. A modo de justificación, a los economistas se les ocurrió lo que vino a llamarse “teoría de la productividad marginal”. En resumidas cuentas, esa teoría asociaba mayores ingresos con mayor productividad y mayor contribución a la sociedad. Se trata de una teoría muy querida por los ricos, desde siempre. No obstante, las pruebas que demuestran su validez son insustanciales. Los ejecutivos que han contribuido a provocar la recesión de los últimos años –y cuya contribución a la sociedad y a sus propias empresas ha sido profundamente negativa– han seguido recibiendo sustanciosas bonificaciones. En algunos casos, las compañías sentían tal reparo por llamar a esas recompensas “bonificaciones por rendimiento” (performance bonuses) que se vieron obligadas a rebautizarlas como “bonificaciones por mantenimiento” (retention bonuses), aunque lo único que se mantuviese fuera un mal rendimiento. Quienes han contribuido con grandes y positivas innovaciones a nuestra sociedad, desde los pioneros del conocimiento genético a los de la era de la información, reciben una miseria en comparación con los responsables de las innovaciones de índole financiero, que han puesto la economía global al borde de la ruina.
Desigualdad y oportunidades
Ante la desigualdad de ingresos algunos se encogen de hombros. ¿Y qué, si una persona gana y otra pierde? Lo que importa, arguyen, no es cómo se reparta la tarta, sino el tamaño de la tarta. Tal argumento es intrínsecamente falaz. Es improbable que una economía en la que la situación de la mayoría de ciudadanos vaya a peor, año tras año, –como la estadounidense– pueda funcionar a largo plazo. Son varias las razones que explican esto.
En primer lugar, una desigualdad creciente es la cara oculta de otro fenómeno: el decrecimiento de las oportunidades. Cada vez que disminuye la igualdad de oportunidades dejamos de explotar uno de nuestros activos más valiosos, las personas. En segundo lugar, muchas de las distorsiones que llevan a la desigualdad –como las asociadas al poder monopolístico y al tratamiento fiscal preferencial en razón de intereses particulares– socavan la eficiencia económica. Esta nueva desigualdad evoluciona creando nuevas distorsiones que a su vez erosionan aún más la eficiencia. Un ejemplo: demasiados estadounidenses jóvenes y con talento han optado por dedicarse a las finanzas, vistos sus astronómicos dividendos, en lugar de a otros campos desde los que podrían contribuir a una economía más sana y productiva.
La tercera razón, y quizá más importante, es que una economía moderna requiere “acción colectiva”: es necesario que el gobierno invierta en infraestructuras, educación y tecnología. EE UU y el mundo se han beneficiado enormemente de la investigación, patrocinada desde los gobiernos, la cual ha desembocado en la aparición de Internet, los avances en sanidad pública, etcétera. Sin embargo, EE UU lleva mucho tiempo sufriendo una inversión insuficiente en infraestructuras (miren en qué condiciones se encuentran autopistas, puentes, ferrocarriles y aeropuertos), en investigación básica y en educación de todos los niveles. Y nos esperan más recortes en estas áreas.
Nada de esto debería sorprendernos: es lo que ocurre cuando en una sociedad la riqueza se distribuye asimétricamente. Cuanto más dividida está una sociedad en términos de riqueza, más reacios se muestran los ricos a gastar dinero en necesidades comunes, ya que no necesitan que el gobierno haga parques ni proporcione educación, atención médica o seguridad personal: ellos pueden comprar todas esas cosas. En el proceso, se distancian de la gente corriente, perdiendo cualquier tipo de empatía. Se preocupan además de que el gobierno no sea demasiado fuerte, de que no pueda aplicar sus poderes para ajustar el desequilibrio y quitarles así parte de sus riquezas e invertirlas en el bien común. El uno por cien más rico puede quejarse sobre el tipo de gobierno que tenemos en EE UU, pero en realidad están encantados con él: está demasiado estancado como para redistribuir riqueza alguna y demasiado dividido como para hacer otra cosa que no sea bajar impuestos.
La clave: política fiscal
Los economistas no están seguros de cómo explicar al detalle por qué sigue creciendo la desigualdad en EE UU. Desde luego, las dinámicas habituales de oferta y demanda han desempeñado su papel: por un lado, la tecnología ha permitido ahorrar mano de obra y ha reducido la demanda de muchos puestos de trabajo “buenos” para la clase media trabajadora. La globalización ha creado un mercado mundial en el que se confrontan los caros trabajadores no cualificados estadounidenses con los baratos trabajadores no cualificados de otros países. Los cambios sociales también tienen parte de responsabilidad, a saber, el declive de los sindicatos, que antaño representaban a un tercio de los trabajadores estadounidenses y hoy día solo al 12 por cien.
En gran medida, sin embargo, la razón por la que existe tanta desigualdad es porque el uno por cien más rico así lo desea. El ejemplo más obvio tiene que ver con la política fiscal. La bajada de los impuestos sobre las plusvalías, que es como los ricos obtienen gran parte de sus ingresos, ha dado manga ancha a los más adinerados. Los monopolios y cuasimonopolios siempre han constituido una fuente de poder económico –desde John D. Rockefeller, a principios del siglo XX, a Bill Gates, a finales–.
La laxa observancia de las leyes antimonopolio, especialmente durante los gobiernos republicanos, ha sido miel sobre hojuelas para el uno por cien más rico. Gran parte de la desigualdad de hoy se debe a la manipulación del sistema financiero, potenciada por cambios en la reglamentación que la propia industria financiera ha pedido y pagado, en lo que ha sido una de las mejores inversiones de su historia. El gobierno prestaba dinero a las instituciones financieras a un interés cercano a cero y ofrecía generosos rescates con condiciones muy favorables cuando todo lo demás fallaba. Ante la falta de transparencia y los conflictos de interés, los legisladores hacían la vista gorda.
Cuando consideramos el descomunal volumen de riqueza controlado por el uno por cien de los ciudadanos más ricos de EE UU, es lógico concluir que la creciente desigualdad es otro ejemplo del típico logro estadounidense: comenzamos en puestos rezagados, pero ahora ocupamos la primera línea de la desigualdad mundial. Y parece que nos apoyaremos en este logro durante unos cuantos años, pues las circunstancias que lo hicieron posible se fortalecen a sí mismas. La riqueza engendra poder y el poder engendra más riqueza. Durante el escándalo de las sociedades de ahorro y crédito inmobiliario de la década de los ochenta –escándalo cuyas dimensiones, miradas hoy, parecen casi pintorescas–, una comisión del Congreso preguntó al banquero Charles Keating si los 1,5 millones de dólares que había repartido entre algunos cargos electos clave servirían para comprar su apoyo: “Definitivamente, espero que sí”, contestó.
El Tribunal Supremo, en su reciente caso Citizens United, ha consagrado el derecho de las empresas a comprar al gobierno, pues elimina los límites de sus aportaciones a las campañas electorales. Lo personal y lo político están hoy perfectamente alineados. La casi totalidad de los senadores y la mayoría de los representantes de Capitol Hill pertenecían ya al uno por cien más rico cuando ocuparon su cargo. Mantienen su puesto gracias al dinero de otros miembros de ese uno por cien y saben que, si sirven a ese uno por cien, serán recompensados al retirarse. Quienes diseñan las políticas clave sobre comercio y economía provienen en su gran mayoría del uno por cien más rico. Las empresas farmacéuticas reciben un regalo de un billón de dólares en forma de ley que prohíbe negociar los precios al gobierno, el mayor comprador de medicamentos del país. No debe sorprendernos. Tampoco que del Congreso no salga ninguna ley fiscal que no recorte impuestos para los ricos. Así es como se espera que funcione el sistema dado el poder del uno por cien más rico.
La desigualdad distorsiona la sociedad de todas las maneras imaginables y tiene, por ejemplo, un efecto claro sobre el estilo de vida: quienes no forman parte del uno por cien más rico viven, cada vez más, por encima de sus posibilidades. El goteo de la riqueza desde las capas altas a las medias es quizá una quimera en nuestra economía; los comportamientos, sin embargo, sí que se filtran.
También la desigualdad distorsiona de manera radical la política exterior del país. El uno por cien más rico rara vez sirve en el ejército: lo cierto es que unas fuerzas armadas de voluntarios no pueden pagar lo suficiente como para llamar la atención de sus hijos e hijas (y el patriotismo tiene un límite). Tampoco las clases más adineradas sufren el aguijonazo de la subida de impuestos cuando el país va a la guerra: se pagará todo con dinero prestado. La política exterior, por definición, se ocupa de equilibrar los intereses y recursos nacionales. Con el uno por cien más rico al mando, y sin pagar precio alguno, las nociones de equilibrio y moderación saltan en pedazos. Podemos embarcarnos en aventuras sin límites: las empresas y contratistas las apoyarán si no es para ganar más.
Las reglas de la globalización económica se han diseñado asimismo para beneficiar a los ricos, pues fomentan la competitividad entre las empresas de los países, lo que provoca la bajada de impuestos a las empresas, debilita la protección sanitaria y ambiental y mina lo que solíamos considerar derechos laborales “fundamentales”, como el convenio colectivo. Tratemos de imaginar cómo sería el mundo si las reglas estuvieran diseñadas para fomentar la competitividad, no entre las empresas sino entre los trabajadores de cada país. Los gobiernos competirían por proporcionar seguridad económica, impuestos reducidos para quienes ganan sueldos medios, una buena educación y un medio ambiente limpio: cosas que preocupan a los trabajadores. Pero el 1 por cien más rico no tiene que preocuparse de todo eso. O, más exactamente, cree que no tiene que preocuparse.
Identidad y sociedad justa
De todos los costes impuestos a nuestra sociedad por el uno por cien más rico, quizá el mayor sea la erosión de nuestro sentido de la identidad, en el que desempeñan un papel tan importante el juego limpio, la igualdad de oportunidades y el sentido de comunidad. EE UU siempre se ha jactado de ser una sociedad justa donde todos tienen las mismas oportunidades de salir adelante, pero las estadísticas sugieren lo contrario: las oportunidades de llegar a la cumbre para un ciudadano sin recursos, o siquiera para un ciudadano de clase media, son menores en EE UU que en muchos países de Europa. Los pobres llevan las de perder.
Esa misma percepción de la injusticia de un sistema que niega oportunidades ha desencadenado las revueltas en Oriente Próximo: los precios de los alimentos al alza y el paro siempre creciente entre los jóvenes solo fueron la chispa que prendió la mecha. El desempleo juvenil en EE UU ronda el 20 por cien (y en algunos lugares y entre ciertos grupos demográficos, dobla esa cifra); uno de cada seis estadounidenses es incapaz de encontrar un empleo a tiempo completo; uno de cada siete depende de cupones de alimentos para comer (y la misma cantidad sufre “inseguridad alimentaria”). Todo lo anterior demuestra que hay algo que ha bloqueado el cacareado “goteo de riqueza” desde el uno por cien más rico al resto. Y, a la vez, tiene un efecto predecible: la alienación. En las elecciones de 2008 solo votó el 21 por cien de jóvenes en la veintena (el mismo porcentaje que no tiene empleo).
En los dos últimos años millones de personas han tomado las calles para protestar contra las condiciones políticas, económicas y sociales de sus sociedades. Los gobiernos han caído en Egipto, Túnez y Libia. En Yemen y Bahréin se han producido protestas. Las mandatarios de los países de esa región siguen con nerviosismo los acontecimientos desde sus áticos con aire acondicionado: ¿quién será el siguiente? Su preocupación está justificada. En esas sociedades, una minúscula fracción de la población (menos del uno por cien) controla la inmensa mayoría de la riqueza en lugares donde esta es un factor determinante de poder y la corrupción de un tipo u otro es un modus vivendi enquistado, en los que los más ricos a menudo entorpecen activamente medidas que podrían mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la población.
Mientras contemplamos el fervor popular deberíamos hacernos la siguiente pregunta: ¿cuándo despertará ese fervor en EE UU? En muchos sentidos, nuestro país se ha convertido en uno de esos lugares distantes y problemáticos.
Cuidar del vecino
Alexis de Tocqueville describió en una ocasión lo que él consideraba la piedra angular del genio particular de la sociedad estadounidense, algo que él llamaba “el egoísmo bien entendido”. Las dos últimas palabras son muy importantes. Todo el mundo es egoísta en sentido estricto: ¡quiero lo que es bueno para mí y lo quiero ahora mismo! El egoísmo “bien entendido” es otra cosa. Significa saber valorar que atender al egoísmo de los demás –en otras palabras, al bien común– es, de hecho, condición previa para el bienestar propio. Tocqueville no quería decir que ese planteamiento fuera noble o idealista. De hecho, proponía lo contrario. Los estadounidenses habían comprendido algo básico: cuidar del vecino no solo es bueno para el alma. También es bueno para los negocios.
El uno por cien más rico posee las mejores casas, la mejor educación, los mejores médicos y el mejor estilo de vida. Pero hay una cosa que el dinero parece no poder comprar: la conciencia de que su destino está indisolublemente ligado al de las vidas del otro 99 por cien. A lo largo de la historia, el uno por cien más rico siempre ha terminado dándose cuenta de eso. Demasiado tarde.
lunes, 18 de enero de 2016
“La Ley de hierro de la oligarquía” – Partidos políticos en democracia que no son organizaciones democráticas
A principios del S. XX el sociólogo alemán Robert Michels formuló la llamada “Ley de hierro de la oligarquía” para explicar la contradicción de por qué los partidos políticos, que son las principales instituciones de la democracia, no son organizaciones democráticas. Un siglo después, esta ley sigue tan vigente como entonces a la hora de describir su funcionamiento y organización.
Robert Michels investigó a principios del S. XX la contradicción entre la lucha por la democracia que en ese momento realizaban los partidos socialistas y la ausencia de democracia en su funcionamiento interno. Esta investigación se hizo extensible a todos los partidos y demás organizaciones políticas, y los resultados quedaron plasmados en su obra “Los partidos políticos” (publicado en castellano por Amorrortu editores, en dos volúmenes).
La conclusión de Michels fue demoledora: Ningún partido u organización es democrática porque “la organización implica la tendencia a la oligarquía. En toda organización, ya sea un partido político, de gremio profesional u otra asociación de ese tipo, se manifiesta la tendencia aristocrática con toda claridad”. ¿Por qué? Para explicarlo Michels formuló la que denominaría “Ley de hierro de la oligarquía”: “La organización es la que da origen al dominio de los elegidos sobre los electores, de los mandatarios sobre los mandantes, de los delegados sobre los delegadores. Quien dice organización, dice oligarquía”.
La necesidad de la organización
En un sistema democrático parlamentario es necesario organizarse para poder participar en la toma de decisiones. Los partidos son las organizaciones a través de las cuales se efectúa la representación de los ciudadanos en la toma de decisiones. A medida que históricamente cada vez más personas iban adquiriendo el derecho al voto y por lo tanto a ser representados, y como consecuencia de que las sociedades van transformándose, los propios partidos tienen la tendencia a ampliarse y a fortalecer su burocratización, ya que están abocados a enfrentarse a los problemas derivados de la cada vez mayor complejidad social, y más cuando aspiran a gobernar, o ya gobiernan, el Estado en el que se manifiestan estas complejidades.
En este sentido, Michels explicó que “a medida que se desarrolla una organización, no sólo se hacen más difíciles y más complicadas las tareas de la administración, sino que además aumentan y se especializan las obligaciones hasta un grado tal que ya no es posible abarcarlas de una sola mirada”. Es decir, a medida que van creciendo como organizaciones, el trabajo en los partidos se va complicando y con ello su organización.
Como las organizaciones políticas están formadas por personas, estos cambios les afectan sobre todo a ellas, y más en concreto a aquellas que están más implicadas como son los líderes y trabajadores del partido, que pasan a especializarse en sus funciones y a trabajar a tiempo completo. Es decir, “cuanto más sólida se hace la estructura en el curso de la evolución de un partido político moderno, tanto más se marca la tendencia a reemplazar al líder de emergencia por un líder profesional. Toda organización partidaria que ha alcanzado un grado considerable de complicación necesita que haya cierto número de personas que dediquen toda su actividad al trabajo del partido”.
Por lo tanto, como afirmaba Michels en su investigación, “en un principio los líderes surgen espontáneamente, sus funciones son accesorias y gratuitas. Muy pronto, sin embargo, se convierten en líderes profesionales, y en esta segunda etapa del desarrollo son estables e inamovibles”.
Se consolida así el liderazgo profesional de los partidos porque, explicaba Michels, “es innegable que la tendencia oligárquica y burocrática de la organización partidaria es una necesidad técnica y práctica. (…) Por razones técnicas y administrativas, no menos que por razones tácticas, una organización fuerte necesita un liderazgo igualmente fuerte”. Y este liderazgo podía llegar a ser enorme en el caso de los partidos que mueven millones de votos, ya que, “como regla general, cabe enunciar que el aumento de poder de los líderes es directamente proporcional a la magnitud de la organización”.
El líder se independiza
Michels señalaba pues que el liderazgo profesional y oligárquico sustituye al de la primera etapa, que era más accesible para la gente corriente y estaba controlado por la masa de afiliados. Ese acceso directo al líder cambia con la profesionalización, ya que según Michels, “los líderes que al principio no eran más que órganos ejecutivos de la voluntad colectiva, se emancipan al poco tiempo de la masa y se hacen independientes de su control”. ¿Cómo?
La clave está en el conocimiento que los líderes profesionales y burócratas van adquiriendo a medida que desempeñan su trabajo, unas habilidades que escapan de la comprensión y competencia de la masa de los afiliados y votantes de los partidos. Así, “este conocimiento de expertos que el líder adquiere en cuestiones inaccesibles, o casi inaccesibles para la masa, le da seguridad en su posición”. Sin embargo, este proceso tiene consecuencias porque “la democracia acaba por transformarse en una aristocracia por la imposibilidad de la masa de adquirir las competencias necesarias y su dependencia de un liderazgo”.
Ciertamente, con la profesionalización se consigue mayor eficacia en la gestión de los partidos, pero al precio de sacrificar la participación y el control por la mayoría ya que, en palabras del autor, “el advenimiento del liderazgo profesional señala el principio del fin para la democracia” (…) porque “es obvio que el control democrático sufre de este modo una disminución progresiva, y se ve reducido finalmente a un mínimo infinitesimal”.
¿Cómo se justifica esto en un partido que defiende la democracia? Según Michels porque “la democracia es incompatible en todo con la rapidez estratégica, y las fuerzas de la democracia no se prestan para los rápidos despliegues de una campaña. Por eso es que los partidos políticos, aunque sean democráticos, muestran tanta hostilidad al referéndum y a todas las otras medidas para la salvaguarda de la verdadera democracia”.
La democracia aplasta a la democracia
Michels afirmaba que en los partidos “el poder de los líderes elegidos sobre las masas electoras es casi ilimitado”. Por lo tanto, una vez llegado a este punto se alcanza una contradicción fundamental: los partidos son fundamentales para el funcionamiento y la construcción de la democracia, pero al mismo tiempo “la estructura oligárquica de la construcción (de la democracia) aplasta el principio democrático básico”. Es decir, “lo que es (una oligarquía evidentemente no democrática) aplasta a lo que debe ser (una democracia)”. El medio se convierte en un fin y los partidos democráticos dejan de serlo para servir mejor a la democracia.
Los partidos políticos necesitan la democracia para poder existir, necesitan elecciones, parlamentos, leyes, etc., pero al mismo tiempo destruyen la democracia interna en el camino para conseguirlo, aunque no la democracia en sí. Es decir, el hecho que no haya democracia interna en los partidos no impide que estos compitan entre sí de manera pacífica para alcanzar el poder. Michels explicaba que “toda organización partidaria representa un poder oligárquico fundado sobre una base democrática”. Pero a la vez “la aparición de oligarquías dentro de diversas especies de democracia es consecuencia de una necesidad orgánica y por eso afecta a todas las organizaciones”.
Así pues, el sistema democrático es fundamental para los partidos, es lo que les permite existir y competir entre ellos. Sin embargo, para poder llegar a ser organizaciones en una democracia dejan de ser democráticos y se convierten necesariamente en oligarquías porque, como se preguntaba Michels, “¿qué es en realidad el moderno partido político?”, a lo que respondía: “Es la organización metódica de masas electorales”. Es decir, los partidos son máquinas electorales creadas con el fin de ganar elecciones, y para ganarlas, necesitan sacrificar su democracia interna.
Sin embargo, y este es uno de los puntos más controvertidos de la teoría de Michels, es que a la mayoría de los miembros de la masa del partido y del electorado esta circunstancia de falta de democracia interna no les preocupa demasiado. Según Michels, “no hay exageración al afirmar que, entre los ciudadanos que gozan de derechos políticos, el número de los que tienen un interés vital por las cuestiones públicas es insignificante”.
No existiría, según el autor, una verdadera demanda de participación en la toma de decisiones excepto por parte de aquella minoría que siente realmente un interés personal en ello, porque “únicamente el egoísmo puede incitar a la gente a interesarse en los asuntos públicos”.
La consecuencia de esta falta de interés por parte de la mayoría frente a unos pocos que sí se siente atraídos, provocaría “un proceso de selección espontánea, en virtud del cual se segregan de la masa organizada cierto número de miembros que participan con más diligencia que otros en la tarea de la organización”, y que pasarían a formar parte, tarde o temprano, del liderazgo organizado y de la élite.
Una democracia de élites
La consecuencia del sacrificio de la democracia interna y de la supuesta falta de interés por parte de los electores y militantes, es que los partidos, que son la espina dorsal de la democracia, están dominados por élites que funcionan de manera no democrática dentro de las organizaciones, pero que necesitan a la democracia para legitimarse en su poder interno y para aspirar al poder más allá de esas organizaciones. Es decir, la democracia está controlada por un grupo de personas que funcionan de manera no democrática.
Surge entonces la siguiente pregunta: ¿Puede ser democrático un sistema en el que sus principales instituciones no lo son? Como explicaba Michels, “podemos resumir el argumento diciendo que en la vida partidaria moderna la aristocracia se complace en presentarse con apariencia democrática, en tanto que la sustancia de la democracia se impregna de elementos aristocráticos. Por un aparte tenemos una aristocracia con forma democrática, y por otra parte, una democracia con contenido aristocrático”.
Al estar dominados por elementos oligárquicos, los partidos presentan a las elecciones unos candidatos que son las élites de estos partidos: la “aristocracia con forma democrática”. Los ciudadanos tienen la oportunidad de elegir entre diferentes oligarcas de los diferentes partidos para dirigir la democracia, lo que sería la “democracia con contenido aristocrático”, o lo que Gaetano Mosca llamó “clase política”. Los ciudadanos corrientes no tienen acceso al ejercicio real de su soberanía, y por lo tanto a participar realmente en la democracia, si no es formando parte de esta clase.
La siguiente cuestión entonces es si se trata de una clase cerrada, de acceso restringido. Michels explicaba que sus miembros pueden surgir de la ciudadanía ordinaria, lo que es más cierto en los partidos de amplia base popular, pero al alcanzar el puesto de liderazgo en los partidos, estas personas dejan de pertenecer a su grupo de origen y se elevan por encima de la ciudadanía. Michels lo explicaba así: “Todo poder sigue así un ciclo natural: procede del pueblo y termina levantándose por encima del pueblo”.
Se produce así, según Michels, un proceso de “circulación de élites” que ya estudiaron los autores italianos Gaetano Mosca y Vilfredo Pareto, según el cual en un sistema democrático las élites en el poder político se verán refrescadas por la llegada de nuevas personas surgidas de los estratos inferiores, pero que al acceder al poder pasan a convertirse a su vez en élites dejando necesariamente de pertenecer a la ciudadanía corriente.
Es decir, la democracia sin élites sería imposible porque, en un sistema de partidos, los que llegan a la situación de poder tomar decisiones lo hacen porque han ascendido dentro de la organización y por ello han alcanzado el estatus de élite separándose de la base. “Los defectos de la democracia residirán en su incapacidad para liberarse de su escoria aristocrática”, escribía Michels.
En casos de crisis política, la lejanía de la llamada “clase política” con respecto a la masa de la ciudadanía produce rechazo en esta, lo que provoca el surgimiento de grupos que denuncian a la oligarquía de turno y a la democracia como imperfecta o incluso inexistente porque no se sienten representados. Esos grupos están integrados por una número relativamente pequeño de personas, que son las interesadas en política, y luchan de manera organizada por llegar al poder, adquiriendo a su vez rasgos oligárquicos, y cuando alcanzan el poder lo hacen generalmente mezclándose con la anterior oligarquía hasta confundirse con ella.
Es lo que ha ocurrido a lo largo de la historia: los burgueses revolucionarios de finales del S. XVIII a mediados del S. XIX acabaron por formar parte de la élite política mezclados con los antiguos aristócratas; los socialistas revolucionarios de finales del S.XIX acabaron fundiéndose con la burguesía en el S. XX; y los partidos que han surgido de la actual crisis de legitimidad del sistema democrático, como organizaciones oligárquicas que son, acabarán mezclándose con la actual “clase política” que hoy tanto rechazan.
Es como un tornillo que no deja de girar. Después llegarán otros grupos que denunciarán a los anteriores y le llamarán traidores a los ideales que inspiraron su revolución, aspirando a su vez a ocupar el poder, proceso en el que volverán a mezclarse en la élite con el grupo anterior. Y así sucesivamente. Como decía Michels, “es probable que este juego cruel continúe indefinidamente”.
sábado, 31 de octubre de 2015
Somos el 99% - David Graeber [ePub]
Pensamos que sabemos lo que es la democracia pero, ¿es así? El antropólogo y activista estadounidense David Graeber reflexiona a partir del movimiento Occupy Wall Street, del cual fue un destacado participe, sobre la idea política más poderosa: «la democracia mundial». Sus orígenes, sus oponentes y sus posibilidades hoy en día, dado el dominio de los ricos sobre los sistemas económicos y políticos. La democracia ha sido la religión americana desde antes de la Revolución, pero ¿puede nuestro sistema político, que parece sensible sólo a los sectores más poderosos y abandona a la mayor parte de los ciudadanos, ser realmente democrático?
A través de diversos momentos históricos, desde el nacimiento de la democracia ateniense y la fundación de los Estados Unidos de América hasta las revoluciones globales del siglo XX y el surgimiento de una generación nueva de activistas, Graeber extrae importantes lecciones para nuestro presente: ante la riqueza y el poder cada vez más concentrados, una democracia estimulada de nuevo y basada en la igualdad y la amplia participación, aún puede proporcionarnos la sociedad libre y justa que queremos. Un argumento vital, apasionado y esperanzador sobre la democracia radical, que una vez más es nuestra mejor esperanza.
Descargar: Somos el 99% - David Graeber
sábado, 10 de octubre de 2015
Comprender Venezuela, pensar la Democracia - Carlos Fernández Liria [ePub]
Carlos Fernández Liria (profesor titular de filosofía en la Universidad Complutense de Madrid) y Luis Alegre Zahonero (investigador en formación en esa misma universidad) emprenden en este libro una tarea cuya enorme importancia, a nuestro entender, contrasta de un modo muy desconcertante con la escasa atención que le han prestado la gran mayoría de los intelectuales españoles presuntamente más comprometidos con el proyecto político ilustrado de un Estado de Derecho.
Lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Venezuela tiene una inmensa importancia por razones muy distintas. Una de ellas, y no la menor, es la de haber dejado en evidencia a la gran mayoría de los intelectuales del mundo, de los que habría sido lógico esperar que lo entendieran y lo explicaran. Pocas veces se ha demostrado una nulidad tan tozuda o una mala fe tan insistente en tantos filósofos, académicos, periodistas, columnistas o comentaristas. No se entiende lo que se está demostrando en Venezuela y, cuando se entiende, no se entiende suficientemente. Y no es extraño. Porque los acontecimientos de la revolución bolivariana tienen algo de insólito, algo que a muchos intelectuales bienintencionados de izquierda les ha venido demasiado grande y que al resto, a los intelectuales orgánicos de todo el planeta, neoliberales o progresistas, les resulta hartamente peligroso. Tan peligroso, en efecto, que en Venezuela se están desenmascarando las mentiras más incuestionadas y más exitosas de todo el siglo XX, la gran mentira con la que, en el fondo, todos ellos se ganan la vida.
“¡De pronto, alguna vez, hay un resplandor en el panorama oscuro y mediocre de la cultura española! Este libro de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre es por lo menos eso: un resplandor, pero tan intenso que corre el feliz riesgo de orientar un capítulo muy importante en la construcción de “un socialismo para el siglo XXI”, tal como se llama, con alegría creadora, en Venezuela el proceso revolucionario que está en el origen, y es la inspiración, de este insólito libro”.
Alfonso Sastre
Descargar: Comprender Venezuela, pensar la Democracia - Carlos Fernández Liria
jueves, 24 de septiembre de 2015
El más sublime de los histéricos - Slavoj Žižek [ePub]
¿Qué sabemos de Lacan? ¿Y de Marx? ¿De Kant? ¿De la democracia y del totalitarismo? ¿De la burocracia y de la servidumbre? ¿De la necesidad y la contingencia? ¿De la representación y las imágenes? ¿Del comunismo y el psicoanálisis? ¿De la deconstrucción y de la filosofía analítica? ¿Del Witz y de lo que es serio? ¿Qué sabemos que no sea un cliché, mil veces contradicho, o una convicción demasiado cómoda? A través de una fascinante lectura de Hegel, cuya comprensión transforma de hito en hito, Slavoj Žižek dinamita todos los clichés y desestabiliza todas las convicciones para proponer nuevas maneras de responder a estas preguntas. Hicimos de Hegel el pensador de la abstracción y la reacción; Žižek lo convierte en el de lo concreto y la revolución. La suya, y la que está por venir.
Descargar: El más sublime de los histéricos - Slavoj Žižek
Etiquetas:
Democracia,
Ensayo,
ePub,
Kant,
Lacan,
Marx,
Psicología,
Represión,
Slavoj Zizek,
Totalitarismo
martes, 22 de septiembre de 2015
Reacciona - AA. VV. [ePub]
Reacciona trata de clarificar y encauzar la pesadumbre de un sector creciente de la sociedad española con la crisis económica, política y social que estamos viviendo, con la crisis del sistema. Una mezcla singular de especialistas, un comité de sabios, entre los que destacan José Luis Sampedro, Mayor Zaragoza o Baltasar Garzón, que nos brinda diez respuestas con una idea común: la necesidad de tomar postura y actuar, de concienciarnos y despertar pues todavía hay esperanza, hay soluciones. Una ciudadanía informada y responsable puede impedir los atropellos. Todos con un mismo rumbo, con un objetivo claro: defender la dignidad, la democracia y el bien común. Ha llegado el momento. El primer paso es reaccionar.
Descargar: Reacciona - AA. VV.
lunes, 14 de septiembre de 2015
La democracia en América - Alexis de Tocqueville [ePub Descargable]
Pocos libros han ejercido influencia tan notable en nuestro pensamiento constitucional y político como La democracia en América de Alexis de Tocqueville. Editada en París por primera vez en 1835, hizo célebre a su joven autor, que fue saludado de inmediato como heredero del barón de Montesquieu, por su penetrante observación, por su elegancia y por la serenidad de su juicio. Así, pues, no es de extrañar que Dilthey hubiera dicho años más tarde que Tocqueville era «el mayor pensador político desde Aristóteles y Maquiavelo».
Dos son los temas de La democracia en América: las instituciones norteamericanas como expresión de las costumbres y, en general, el estilo de vida de los Estados Unidos y los principios en que se basa un Estado democrático. La parte inicial de la Democracia desarrolla el primer tema. En ella se describe el funcionamiento de los tres poderes de la Unión: la estructura de los tribunales y los fundamentos del poder judicial, los cuerpos legislativos y la organización del poder ejecutivo federal, introducidos por el análisis de la Constitución federal. Se examina el sistema bipartidista y la importancia de las asociaciones, el poder de la mayoría y sus efectos. Esa parte termina con una serie de capítulos dedicados a considerar la influencia de las costumbres y de la religión en el mantenimiento del sistema democrático: «Los clérigos norteamericanos no pretenden atraer hacia la vida futura, sino que abandonan voluntariamente una parte de su corazón a los cuidados de la presente, y se diría que consideran los bienes del mundo como objetos importantes, aunque secundarios. Si no se asocian a la industria, se interesan al menos en su progreso y lo aplauden, y mostrando constantemente a los fieles la fidelidad al otro mundo como el gran objetivo de sus temores y esperanzas, nunca les prohíben que busquen honradamente el bienestar de éste».
En la segunda parte está trazada toda la teoría del Estado democrático que constituye la gran aportación de Tocqueville, su filosofía política. «El hecho generador» de la nueva ciencia política se encuentra, dice Tocqueville, en la igualdad de condiciones que priva en la sociedad norteamericana. La igualdad es la causa; la libertad el efecto: «No difiriendo entonces ninguno de sus semejantes, nadie podrá ejercer un poder tiránico, pues, en este caso, los hombres serán perfectamente libres, porque serán del todo iguales y serán perfectamente iguales, porque serán del todo libres».
A casi doscientos años de distancia de sus primeras ediciones, la vigencia de La democracia en América sigue demostrando su indiscutible actualidad de libro clásico de la ciencia política, su valor de libro de siempre.
Descargar: La democracia en América - Alexis de Tocqueville
lunes, 7 de septiembre de 2015
El Hombre Unidimensional - Herbert Marcuse [PDF Descargable]
El hombre unidimensional es un análisis de las sociedades occidentales que, bajo un disfraz pseudo democrático, esconden una estructura totalitaria basada en la explotación del hombre por el hombre. La obra se basa en dos hipótesis aparentemente contradictorias. De un lado, Marcuse afirma que la sociedad industrial avanzada e s capaz de reprimir todo cambio cualitativo. Por otro lado, parece prevalecer la hipótesis que quiere que en esta sociedad existan fuerzas capaces de poner fin a la represión y de hacer explotar las mortales contradicciones que laten en su seno.
Descargar: El Hombre Unidimensional - Herbert Marcuse
sábado, 5 de septiembre de 2015
La sociedad abierta y sus enemigos - Karl R. Popper [PDF Descargable]
Esta obra plantea alguno de los retos más importantes a los que se enfrenta nuestra civilización, una civilización que aún no se ha recuperado de la conmoción que supuso su nacimiento; de la transición de la sociedad tribal o cerrada , sometida a las fuerzas mágicas, a la sociedad abierta que deja en libertad las facultades críticas del hombre. Popper se propone demostrar que el trauma que produjo esta transición es uno de los factores que favorecieron la eclosión de los movimientos reaccionarios que intentaron -y siguen intentando- destruir la civilización para volver a la organización tribal: en el fondo, lo que hoy llamamos totalitarismo pertenece a una tradición que no es ni más vieja ni más joven que nuestra propia civilización. El libro que, en palabras de Bertrand Russell, es: «Una obra de primerísima importancia que hay que leer por su magistral crítica a los enemigos de la democracia, antiguos y modernos , puede resultar polémico e intranquilizador, aunque su sinceridad filosófica, su erudición y el vigor de sus argumentos lo han convertido en una de las obras clásicas del pensamiento contemporáneo».
Descargar: La sociedad abierta y sus enemigos - Karl R. Popper
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








